El bocho desaceleró por el Eje y ella, dentro, ya ansiaba pisar las baldosas de la Plaza Garibaldi, nuevamente. Pagó, y luego de bajarse, levantó la mirada. No estaba allí, en el lugar que habían acordado. Entonces paseó alrededor de la plaza, mirando sin mirar, buscando y esperando…

Luego de un tiempo, el hambre atacó. Ya sentada frente a una mesa, pidió unas botanas, sin jalapeños para ella. La noche ganaba su espacio, suave, como siempre lo hace allí: con gente que paga por una canción, mariachis que afinan trompetas, que practican acordes con sus guitarras, las estatuas en sus tarimas, la poesía en el aire y José Alfredo en los corazones.

Lentamente, y para hacer tiempo, repasó las horas previas, caminando por El Zócalo y confesándose (inútilmente) en la Catedral. Como le gustaba caminar por DF, como la primera vez, como esa que la enamoró perdidamente. La gente, los olores, la música constante, permanente, en el ambiente. Era caminar por Chapultepec, era ver el tránsito de Insurgentes. Era la vida, que sentía en cada esquina.

Fue un poco más allá, y recordó Xochimilco. La laguna y las chelas sobre una trajinera, lenta y florida, La Lupita, que los llevó por dos horas a ningún lado. Recordó los besos, recordó el hotel. Las canciones a la noche, el contorno de la guitarra apenas iluminada. Pero el tiempo tuvo que derramarse. Ella viajó, mas siempre estuvo en esa plaza. Siempre fue una estrofa de una canción, siempre fue un contrapunto, fue esperada cada vez que se abría la puerta de un bocho.

Y ahi estaba, esperando. Y fueron dos, tres, cuatro caballitos. Don Julio, como aquella vez. Ya la noche dominaba el lugar y casi todos los mariachis de la plaza habáan pasado frente a ella, sin ánimos de lucro: habrían tocado todo su repertorio gratis, solo por el oficio de cantar a la mujer más hermosa de la plaza. Y la más solitaria.

Pagó la cuenta y le dejó unos pesos al chavo que se ofreció a correrle la silla, que acto seguido pidió un poco de tepache. Avanzó deslizándose como ella sabía hacerlo, hacia el Eje, y notó la plaza en silencio, extraño milagro que se producía para ella. Y desde el kiosko, aquel lugar donde alguna vez le dijeron que era el deber del mariachi cantar, pudo verlo.

Yo sé bien que estoy afuera
pero el día en que yo me muera
sé que habrás de llorar

¡Llorar y llorar,
llorar y llorar!

Y lo oyó. Y lloró. Y toda Garibaldi, de nuevo, estuvo a sus pies.

8 Comentarios para “La chava más fresa.”

  1. Laleft dijo:

    Y pensar que hay gente que espera de los blogs un mont�n de confesiones, que no se le animan a un post largo, que leen entre l�neas un cuento. No invento.

    Encontrarse, entonces, con estos post a m� me sigue resultando un maravilloso privilegio.

  2. Sagi dijo:

    Si en lugar de Garibaldi fuera la Tapat�a; y en lugar de “El Rey”, fuera “Am�monos”, podr�a decir que esa historia la he vivido en alguna ocasi�

  3. Sagi dijo:

    Lo que s� es igual, son los caballitos y Don Julio.

  4. Antonio Rivera dijo:

    no est� “la tapat�a” un poco lejos de xochimilco? o_O

  5. Sagi dijo:

    �Es capciosa tu pregunta?

    x_0

  6. Webstudio dijo:

    Chicos, chicos… no se peleen,

    Supongo que cambiando muchas cosas, o pocas, o ninguna, esa historia se debe repetir bastante seguido, desde tiempos inmemoriables.
    Solo que particularme en Plaza Garibaldi, tiene un gusto y un sabor a M�xico muy particular, que saben que me agrada.

  7. tania dijo:

    iiiiiiiiiiioooooooooooo soy la mas fresa y ke!!
    soy tan fresa ke cuando komo fesas se hacen caras!! jeje

  8. jaquelin dijo:

    mira yo soy lamas fresa de todo guy osea geloy

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