Capítulo I (parte 2)
16/07/2006
La amé desde el primer momento de un modo irrazonable, y la amo aún igual. En cuanto a ella, me amaba como sabía amar, con una contención interior, con mesura. Su aspecto, tan agradable, tan natural, me imponía. Así es como las reinas y las emperatrices deben amar a sus favoritos. Por esto es por lo que empecé a sufrir y por lo que me veo aquí.
Como yo hubiera querido pasar a su lado todos los instantes de mi vida, buscaba todas las ocasiones de encontrarme cone ella. Y yo la seguía imprudentemente por todas partes.
La aguardaba largo tiempo para verla entrar en un baile, y me era bien difícil, mientras me inclinaba respetuosamente a su paso, no caer a sus pies.
Allí, en la atmósfera densa y saturada de acres perfumes, bajo los rayos deslumbrantes que partían, como flechas, del centro de las arañas, yo admiraba sus movimientos llenos de gracia y majestad.
La seguía con la mirada, mientras que con un aire y una manera que la distinguía de todas las mujeres; la contemplaba largamente, mientras que ella, sentada en un sofá, acogía ceremoniosamente, pero sin frialdad, los homenajes de los jóvenes serios; mientras que, pegada al hombro de un bailarín infatigable, el brazo tendido, daba vueltas entre el oleaje de gasas, y encajes a los acordes de la música.
Sus ojos entonces brillaban como las claras estrellas bajo las flores que estaban sembrados sus cabellos; sus dientes relucían como perlas entre sus labios entreabiertos; sus húmedas mejillas, su débil cuerpo movíase al compás musical; y el extremo piecesito, a cada vuelta que resbalando daba vuelta sobre ella misma, asomaba por el borde de su vestido arrastrado hacia atrás por la rapidez del movimiento.
Pero ni las seducciones de la danza, ni mis homenajes, ni mi presencia conseguían emocionarla.
Nunca sorprendí en ella formas semiburlonas y cautivantes que son la falsa expresión de la lucha de un corazón emocionado y de un corazón atrevido, que disfrazan y sazonan los deseos, que irritan la esperanza sin hacerla perder.
Yo la miraba hasta quedar deslumbrado, y ella no parecía ni verme.
Era mujer hasta la punta de los dedos.

July 16th, 2006 a las 10:57 am
De repente me acuerdo de un auto por Juan B. Justo una mañana de lluvia.
July 17th, 2006 a las 1:47 pm
Me gusta harto la recurrente fijación con el piececito, explica la obsesión pero la pone bonita.