Capítulo IV

28/07/2006

Cada vez que nos veíamos, teniamos un mundo de pensamientos nuevos que cambiar. Nos contábamos las fatigas de la espera, los enervamientos de la inquietud, las tristezas de la ausencia, las aspiraciones de la esperanza, y también cuán consolador es para los amantes separados el pensar contínuamente el uno en el otro.

Hebe, sobre todo, se abandonaba a esta unión espiritual con todo el ardor de un alma jóven. Recibía las confidencias de mi ternura como un vapor de incienso que la sumergía en una especie de dulce sopor.

Con arranques mudos de gratitud, las mejillas coloreadas, las ventanillas de la nariz palpitantes, los ojos risueños y húmedos, se maravillaba.

Yo, mientras tanto, con la rodilla en tierra y las manos juntas, sonreía de placer como a un niño a quién se incita, y me parecía entonces que eran nuestras almas las que se unían en un abrazo vago y dulce, con estremecimientos de voluptuosidad.

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