Capítulo XII

29/08/2006

Hebe, este momento es solemne, no se trata ya de inútiles consideraciones sobre el mundo y los celos pasados, se trata de vivir o de morir.

Ante Diós te ofrezco mi vida. ¿Quieres darme la tuya?

Que frustración la de intentar escribir. No porque las palabras no salgan, sino por la carga de saberse tan atrás, tan tarde. Que desdicha la de escuchar tanto, la de leer más y no poder o no llegar, tan solo conformarse con abrazar una humildad no fingida, sino impuesta por otros.

De aquel texto que una vez brotó tanto orgullo, hoy no puedo decir más. Vergüenza, de no haber sido capaz de transformar en palabras ese sentimiento, aunque sea para alguien más. Odio y admiración para los grandes, para los que marcan camino al andar, y no quieren creer la sombra que dejan.

¿Y por qué lo intento, entonces? Porque aún así, tengo cosquillas en el alma y, de cuando en vez, me atraviesa una duda. Porque algunas veces muero en un pensamiento mudo. Porque amo al fruto de mi simiente. Porque estoy vivo y me duele una mujer. Porque el amor se acaba, y trato de ser honesto. Porque la pasión renace, y sé que he de hacerle el honor.

Porque solo nos queda seguir hacia adelante, y hacia adelante es que seguimos.

Un plan

26/08/2006

No se tarda mucho, en estos casos, en preguntarse si es justo realmente que, una mujer tan hermosa como ella, merece estar al lado de un patán-con-buenas-intenciones como uno. Y es que ese orgullo que blandemos frente a los amigos y conocidos, no dura mucho, es como una coraza de patrañas, porque en el fondo nos conocemos, nos sabemos.

Y es que ella aparece así, tan de mañana, cejas perfectas y filosas, cabello cobre con hebras de sol escondidas, y toda la predisposición que se puede tener tan temprano, y no importan los logros académicos, los sueldos abultados, los pocos músculos que quedan o las sonrisas sinceras, uno se desarma, considerando que el mundo es una porquería que no la merece.

Entonces, hay que crecer, hay que ser mejor, hay que merecerla con todas las de la ley. Uno busca las frases más intelectualmente estimulantes, para verla hermosa en su pensante estampa, los chascarrillos más veloces, para robarle carcajadas, o frases melosas, diabéticas, que provocan miradas nacidas en la ternura misma, como bebés regordetes y rosados.

Pero a fin de cuentas, el universo de alguna manera obró para que ambos, desde la misma estrella, hoy estemos disfrutando una tarde, un almuerzo, un martini, un plan.

Un plan.

Capítulo XI

25/08/2006

Exasperado por el furor, no esperaba más que una palabra que, provocándome de nuevo, sirviera de excusa a mi crueldad. Pero ella se guardaba bien de hablar, adivinando el sentido de mi cólera todo lo que pudera decirme. Permanecimos, pués, allí los dos inmóviles, silenciosos, ella esperaba el golpe de gracia, yo reunía todas mis fuerzas para descargárselo.

Por fin me decidí, y, en una frase, acerada como un puñal, atacando el honor de mi rival en lo que tenía de más sagrado, repetí las infamias en las cuales yo mismo no creía.

La respuesta fue rápida y terrible:

- ¡Eso es obrar mal!  – exclamó fuera de sí con las mejillas como el fuego, con una expresión de cólera y altivez que me dejó estupefacto.

Esta penosa discusión hizo crecer a Hebe en mi estima, pero no me consoló. ¡El hecho brutal no podía borrarse! Bien me reprochaba a mi mismo la curiosidad de mis celos, que me había arrebatado hasta la sombra de la duda que, por momentos acariciaba aún.

En efecto, las últimas palabras de Hebe no podía, pués, atenuar mi dolor. Bajo su impresón ardiente, yo no pensaba más que en vencer lo que era invencible. Espiaba la mirada de ella, como para apreciar sus fuerzas antes de atacar de nuevo. Pero nuestros ojos se habían encontrado y no pudimos resistir largo tiempo.

Toda idea de lucha había desaparecido de mi espíritu, toda idea de resistencia había volado de su corazón; y el abrazo que nos unió era tan fuerte, que una vez más, sin pensamientos ulteriores, gustamos de un minuto de verdadera dicha.

Probemos un cambio. Hagamos un cambio. Yo dejo de escribir solo cuándo un dolor me desgarra el alma, y vos me das todos esos momentos de estúpida felicidad, que dibujan esas sonrisas idiotas en la casa, anestesian el alma y reactivan todos los ánimos.

Por un momento juguemos a esto: no necesitemos más que un plan improvisado, comida en la cama, sexo en el pasillo y redención de la carga diaria. Tomémosnos vacaciones todos los días, de 8 a 12. Soñemos con bibliotecas que apenas entren en una casa.

Ayudame a darle mejores finales a estos escritos, a crear una primavera en pleno Agosto, a colorear paredes y despertarme temprano, pensando, posiblemente, que hoy también sea un buen día.

Capítulo X

21/08/2006

Hasta entonces no se me había ocurrido la idea de que sentiría deseos de reanudarme con ella.

Pero entonces se me apareció de pronto, fulgurante como un relámpago. Y sentí con ella deslizarse en mi corazón la nueva caricia de la esperanza. Y corrí a buscarla, a hablarla, a verla… a decirle a gritos que sería mía, única para mí y nadie más en la vida…

Capítulo IX

17/08/2006

Pasé todo el día siguiente repitiéndome lo que había oído. Por primera vez, desde hacía tiempo, sentía el espíritu libre de dudas.

Un dichoso porvenir se desarrrollaba, al fin, ante mí, después de un pasado tan atormentado, como los valles y las llanuras tranquilas a ojos del viajero que desciendepor la pendiente escarpada y peligrosa de un monte.

La esperanza de una existencia tranquila me refrigeraba el alma y me sentía tentado a tenderme para saborear el porvenir.

La serenidad de los días, a ausencia de inquietudes, hé ahí todo lo que me esperaba ahora; la imágen de Hebe se mezclaba necesariamente en mis ensueños. Ella era la compañera que me había seguidoa través de los abismos de la pasión, pero, ¿Acaso esa pasión, no la había también destruido? …

Capítulo VIII

13/08/2006

Después de aquello, esa noche, no sé lo que pasó. Unos zumbidos intolerables desgarraban mis oídos. Me ahogaba. Finalmente lo olvidé todo: creí morir.

Cuando recobré el conocimiento me encontré en mi cama, con la cabeza ardiendo. Abrí los ojos azorado. Todos mis miembros temblaban. Una fiebre horrible sacudía todo mi cuerpo, desde la nuca hasta los talones.

Pero casi al propio tiempo que el conocimiento recobré la memoria y golpeándome la frente con los puños cerrados, exclamé:

- ¡Hebe!… ¡vete!… y rompí en furia.

Todo para mi había terminado.

Capítulo VII

09/08/2006

Hebe me pareció preocupada, hablaba con rapidez y de cosas superficiales, como si hubiera querido ahogar algún pensamiento demasiado serio. Yo me guardé de interrogarla, y aparenté no fijarme en su turbación. Sus caricias fueron vivas, las mías también, pero nuestro espíritu y nuestra voluntad no tomaban parte en ellas.

Llegó un momento en que los dos agotamos las palabras ociosas. Ella tenía la cabeza apoyada en mi brazo y achada hacia atrás, y yo, inclinado sobre su rostro la miraba con muda ansiedad. Su respiración ahogada ascendía a sus labios en amargos suspiros; sus párpados se bajaban ante mis miradas interrogativas; volvía los ojos y se ponía encarnada.

Le tomé una mano sin decir palabra. Ella la oprimió con una fuerza febril.

Me sentía pálido. Dejando caer repentinamente la cabeza sobre mi pecho, la estreché convulsivamente entre mis brazos.

Obscurecido por mil retiscencias confusas, el relato cruel se escapó al fin de su boca.

Me quedé aterrado. Estaba indignado contra Hebe por el valor que al fin había encontrado para pronunciar aquellas abominables palabras de despedida. Pero yo disimulé las angustias que me desgarraban el corazón y no dejé ver en el rostro más que las trazas de un dolor profundo.

Comprendí inmediatamente, por la emoción que me devastaba, que todo cuánto intentase sería inútil. A pesar de mi resistencia, sentía que una sorda protesta me subía a las entrañas con gritos de indignación.

Durante aquel tiempo, un poco más tranquilamente, pero siempre con una gran dulzura, se había apoyado sobre el codo, vuelta hacia mí, y discutía sola. Yo me puse a escucharla de nuevo, y pensaba entre mi: ¡Habla!… porque estoy resuelto a oirte todo. Nada en el mundo, hoy, puede hacerme más desgraciado de lo que ya soy.

Después, palideciendo, llena de ternura me dijo:

- ¿Volverá mañana?… ¿verdad?… a las siete y cuarto.

Yo la miré; estaba confusa y buscaba varias palabras para descifrar su pensamiento. Continuó, por fin, en voz baja, como si reprochase lo que iba a decir:

- ¿Me lo promete?

Ardía un fuego en mí, quería decirle a gritos que jamás volvería, que trataría de olvidarla y que me olvidase pero me desarmó con una sonrisa, con su aire candoroso, con su mirar…

De este modo, todos los golpes que yo le dirigía eran contestados vigorosamente en el acto.

Ella me miró fijamente, como si hubiera pensado en deshacer lo que con tanto ahinco hicimos, me miró largo tiempo, y calló.

Le entí la mano con un: hasta mañana, que para mí significaba un ¡Adiós!… mi vida…

Huir, lejos… tan lejos… que no la viera jamás.

Capítulo VI

05/08/2006

La adoraba con un amor tan furioso, que creo que me hubiera abandonado si yo no hubiera mostrado reserva al oirla contar las mil cosas pueriles que les concernían. Por ello, pues, yo fingía prestar siempre el mayor interés a aquellos relatos que ella me hacía con una abundancia extraordinaria de detalles, pero yo escuchaba más bien la música de sus palabras que el sentido que de ellas se desprendía.

Yo adoraba su voz dulce y melódica. Y, además, estaba celoso, un poco celoso de todo lo que ella amaba.

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