Capítulo VII

09/08/2006

Hebe me pareció preocupada, hablaba con rapidez y de cosas superficiales, como si hubiera querido ahogar algún pensamiento demasiado serio. Yo me guardé de interrogarla, y aparenté no fijarme en su turbación. Sus caricias fueron vivas, las mías también, pero nuestro espíritu y nuestra voluntad no tomaban parte en ellas.

Llegó un momento en que los dos agotamos las palabras ociosas. Ella tenía la cabeza apoyada en mi brazo y achada hacia atrás, y yo, inclinado sobre su rostro la miraba con muda ansiedad. Su respiración ahogada ascendía a sus labios en amargos suspiros; sus párpados se bajaban ante mis miradas interrogativas; volvía los ojos y se ponía encarnada.

Le tomé una mano sin decir palabra. Ella la oprimió con una fuerza febril.

Me sentía pálido. Dejando caer repentinamente la cabeza sobre mi pecho, la estreché convulsivamente entre mis brazos.

Obscurecido por mil retiscencias confusas, el relato cruel se escapó al fin de su boca.

Me quedé aterrado. Estaba indignado contra Hebe por el valor que al fin había encontrado para pronunciar aquellas abominables palabras de despedida. Pero yo disimulé las angustias que me desgarraban el corazón y no dejé ver en el rostro más que las trazas de un dolor profundo.

Comprendí inmediatamente, por la emoción que me devastaba, que todo cuánto intentase sería inútil. A pesar de mi resistencia, sentía que una sorda protesta me subía a las entrañas con gritos de indignación.

Durante aquel tiempo, un poco más tranquilamente, pero siempre con una gran dulzura, se había apoyado sobre el codo, vuelta hacia mí, y discutía sola. Yo me puse a escucharla de nuevo, y pensaba entre mi: ¡Habla!… porque estoy resuelto a oirte todo. Nada en el mundo, hoy, puede hacerme más desgraciado de lo que ya soy.

Después, palideciendo, llena de ternura me dijo:

- ¿Volverá mañana?… ¿verdad?… a las siete y cuarto.

Yo la miré; estaba confusa y buscaba varias palabras para descifrar su pensamiento. Continuó, por fin, en voz baja, como si reprochase lo que iba a decir:

- ¿Me lo promete?

Ardía un fuego en mí, quería decirle a gritos que jamás volvería, que trataría de olvidarla y que me olvidase pero me desarmó con una sonrisa, con su aire candoroso, con su mirar…

De este modo, todos los golpes que yo le dirigía eran contestados vigorosamente en el acto.

Ella me miró fijamente, como si hubiera pensado en deshacer lo que con tanto ahinco hicimos, me miró largo tiempo, y calló.

Le entí la mano con un: hasta mañana, que para mí significaba un ¡Adiós!… mi vida…

Huir, lejos… tan lejos… que no la viera jamás.

7 Comentarios para “Capítulo VII”

  1. vic dijo:

    Conozco el relato cruel y por cierto dan ganas de huir lejos lejos. Habrá que comerse un tiempo negro por la simple duda del “what if”. Quién te dice…

  2. /|- dijo:

    Qué maravilla!

    Quiero aprovechar esta oportunidad para decirle a Vic, quien hace dos posts me acusó de tener poca fé: “te lo dije”

    O_u

  3. vic dijo:

    Vamos Ale, si estamos recién en el capítulo VII. ¿No se habrá impacientado?

  4. /|- dijo:

    Náh! las mujeres son así: si uno no corre a proponer matrimonio al tercer mes, le salen con que “esta relación no va para ninguna parte” y se largan.

  5. Charlotte Mafezoli dijo:

    Hey!!! denos un poco de credito a las mujeres faciles que no nos gusta el compromiso y queremos seguir en la fiesta… que no todas pensamos en el matrimonio a los 3 meses o nisisquiera pensamos en llegar a los 3 meses.

  6. Lauri dijo:

    No debe ser fácil, pobre Hebe, entender y amar a un hombre de la misma forma en que Oscar la amaba a ella (la sigue amando, esté donde esté), que hasta configuraba su relación con los otros a través del amor que compartían.
    Pero tampoco es fácil dejar ir a un hombre que te ama de la forma en que Oscar la amaba a ella. No podía permitirse dejarlo ir, aunque él la odiara de a mentiritas, y sólo por un rato, y quisiera irse, lejos.

  7. /|- dijo:

    Lo mismo pensaba Adán: a quién se le ocurriría cambiar tanta perfección por una puta manzana?

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