Capítulo XI
25/08/2006
Exasperado por el furor, no esperaba más que una palabra que, provocándome de nuevo, sirviera de excusa a mi crueldad. Pero ella se guardaba bien de hablar, adivinando el sentido de mi cólera todo lo que pudera decirme. Permanecimos, pués, allí los dos inmóviles, silenciosos, ella esperaba el golpe de gracia, yo reunía todas mis fuerzas para descargárselo.
Por fin me decidí, y, en una frase, acerada como un puñal, atacando el honor de mi rival en lo que tenía de más sagrado, repetí las infamias en las cuales yo mismo no creía.
La respuesta fue rápida y terrible:
- ¡Eso es obrar mal! – exclamó fuera de sí con las mejillas como el fuego, con una expresión de cólera y altivez que me dejó estupefacto.
Esta penosa discusión hizo crecer a Hebe en mi estima, pero no me consoló. ¡El hecho brutal no podía borrarse! Bien me reprochaba a mi mismo la curiosidad de mis celos, que me había arrebatado hasta la sombra de la duda que, por momentos acariciaba aún.
En efecto, las últimas palabras de Hebe no podía, pués, atenuar mi dolor. Bajo su impresón ardiente, yo no pensaba más que en vencer lo que era invencible. Espiaba la mirada de ella, como para apreciar sus fuerzas antes de atacar de nuevo. Pero nuestros ojos se habían encontrado y no pudimos resistir largo tiempo.
Toda idea de lucha había desaparecido de mi espíritu, toda idea de resistencia había volado de su corazón; y el abrazo que nos unió era tan fuerte, que una vez más, sin pensamientos ulteriores, gustamos de un minuto de verdadera dicha.

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