Ojos de tinta.

31/05/2007

En sus épocas más fructíferas, podía sentarse frente a la pantalla en blanco, y sin mediar previamente ninguna idea, era capaz de malograr cualquier tipo de amor, en veinte minutos o menos. Ahi sentado, imaginaba las ardorosas pasiones de cualquier par de enamorados, y no tardaba nada en encontrar los escollos que deberían atravesar. Si la ficticia pareja los resolvía o no, ya no le interesaba.

Primero los imaginaba, junto a quizás algún impedimento inicial, profundo. Sino, se deleitaba en describir lentamente, una a una, las características de su futura desgracia. Intentaba, en lo posible, anticiparse a cualquier movimiento imprevisto de sus personajes, a las salvedades que el amor puede, para evitar que escaparan de su destino de tinta.

Nunca se supo, por él ni por nadie, cuando comenzó la fobia, la manía o el miedo, como sea que el especialista lo llame. ¿Y si era verdad? ¿Y si llegado el día de su muerte, todos sus personajes aparecieran para reclamarle tanto amor malogrado, tanto sufrimiento? Se paralizó, y ya no pudo escribir más, aterrado por la posibilidad.

Se visualizaba ante el estrado, magistrales jurados, escuchando las acusaciones y los alegatos de todos aquellos a quiénes había provocado un dolor, evitado un amor, arrebatado un final con gloria. En todas las ocasiones que se prestaba a tales arrebatos de la imaginación, era hallado culpable y condenado a distintas penas, cuál más angustiante que la otra. Pero siempre se detenía en el mismo detalle… entre el público que asistía a su juicio imaginario, un par de ojos renegridos, hermosos y jóvenes, lo veían con compasión, hasta con cariño, esperando una absolución que nunca llegaba.

Desesperado, buscó la salvación escribiendo sobre esos ojos, sobre la mujer que los sostenía en un rostro pálido y dulce, y jamás pensó en buscarle pena alguna. Se le fue la vida regalándole momentos literarios maravillosos, fiestas engalanadas junto a personajes ilustres, felicidades mundanas y los honores más altos. Se desvivió por hacer feliz a ese personaje capaz de redimirlo. Cambió de alma para el mismo tiempo en que se descrubrió enamorado, de esa mujer, de esos ojos, y de lo feliz que lo hacía ese personaje.

Y murió, una tarde en la que daba lo mismo si hacía calor o si corría viento, esperando frenéticamente una corporización a base de detalles, que nunca se produjo. Murió esperando besar esos labios, que llegó a describir miles de veces, cada vez con mayor detalle. Ella lo acompañó hasta el último momento, inmaculada. Siempre bella y pálida, como cada vez que lo miraba desde el público, pensando que quizás este autor, su autor, no era el culpable, después de todo.

Luna de Octubre.

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