¿Me preguntas si te ofrezco mi vida?
De mi pecho palabras tales
jamás salir pudieron hasta ahora
porque mis labios a pronunciar no se atrevieron
y aprovecho la ocasión que ofrece
de hablar sin veros…
Pués bien:
si es ya llegado ese momento
¿qué cosas os diré?
todas aquellas
que ocurríseme puedan,
las más bellas,
ofreceros intento
como de flores apretado ramo
Yo os quiero…
¡Yo os amo!

No puedo más, deliro desfallezco
que entero me robaste el albedrío
tu nombre está en mi corazón
como en un cascabel…
y me enagena
y como de contínuo me estremezco
constantemente el cascabel se agita.
Constantemente tu nombre suena.

¡Oh sí! Este sentimiento
triste y reconcentrado
del amor más violento
tiene todo el furor desesperado
¡Y egoísta no es, yo te lo fío!
¡Oh, no, que por tu bien diera yo el mío,
aunque tú lo ignoras siempre, siempre!…

Si la felicidad que fruto fuera
de mi gran sacrificio , en tí sonriera,
y el eco de esa risa hasta mi oído
llegara un día, compensadas viera
las ansias todas que por tí he sentido.

Cada mirada tuya en mí suscita
una virtud ¿Tu amor no lo comprende?
¿Sientes mi alma en el aire cual palpita?
¿Adviertes en la sombre como asciende?
¡Cuán hermosa la noche!
¡Qué dulzura!
¡Cuál mi pasión se aviva!…
¡Es verdad, es verdad que ya es excesiva,
Oscar, mi ventura!…
¡Os hablo y me escucháis vos… vos mi dueño!
¿No es esto demasiado?
¿No es un sueño?
¡Jamás se elevó a tanto mi esperanza
que, tímida y modesta,
a gloria tal alcanza!…
¡Feliz de mí!

¡Morir sólo me resta! …

FIN

Capítulo XII

29/08/2006

Hebe, este momento es solemne, no se trata ya de inútiles consideraciones sobre el mundo y los celos pasados, se trata de vivir o de morir.

Ante Diós te ofrezco mi vida. ¿Quieres darme la tuya?

Capítulo XI

25/08/2006

Exasperado por el furor, no esperaba más que una palabra que, provocándome de nuevo, sirviera de excusa a mi crueldad. Pero ella se guardaba bien de hablar, adivinando el sentido de mi cólera todo lo que pudera decirme. Permanecimos, pués, allí los dos inmóviles, silenciosos, ella esperaba el golpe de gracia, yo reunía todas mis fuerzas para descargárselo.

Por fin me decidí, y, en una frase, acerada como un puñal, atacando el honor de mi rival en lo que tenía de más sagrado, repetí las infamias en las cuales yo mismo no creía.

La respuesta fue rápida y terrible:

- ¡Eso es obrar mal!  – exclamó fuera de sí con las mejillas como el fuego, con una expresión de cólera y altivez que me dejó estupefacto.

Esta penosa discusión hizo crecer a Hebe en mi estima, pero no me consoló. ¡El hecho brutal no podía borrarse! Bien me reprochaba a mi mismo la curiosidad de mis celos, que me había arrebatado hasta la sombra de la duda que, por momentos acariciaba aún.

En efecto, las últimas palabras de Hebe no podía, pués, atenuar mi dolor. Bajo su impresón ardiente, yo no pensaba más que en vencer lo que era invencible. Espiaba la mirada de ella, como para apreciar sus fuerzas antes de atacar de nuevo. Pero nuestros ojos se habían encontrado y no pudimos resistir largo tiempo.

Toda idea de lucha había desaparecido de mi espíritu, toda idea de resistencia había volado de su corazón; y el abrazo que nos unió era tan fuerte, que una vez más, sin pensamientos ulteriores, gustamos de un minuto de verdadera dicha.

Capítulo X

21/08/2006

Hasta entonces no se me había ocurrido la idea de que sentiría deseos de reanudarme con ella.

Pero entonces se me apareció de pronto, fulgurante como un relámpago. Y sentí con ella deslizarse en mi corazón la nueva caricia de la esperanza. Y corrí a buscarla, a hablarla, a verla… a decirle a gritos que sería mía, única para mí y nadie más en la vida…

Capítulo IX

17/08/2006

Pasé todo el día siguiente repitiéndome lo que había oído. Por primera vez, desde hacía tiempo, sentía el espíritu libre de dudas.

Un dichoso porvenir se desarrrollaba, al fin, ante mí, después de un pasado tan atormentado, como los valles y las llanuras tranquilas a ojos del viajero que desciendepor la pendiente escarpada y peligrosa de un monte.

La esperanza de una existencia tranquila me refrigeraba el alma y me sentía tentado a tenderme para saborear el porvenir.

La serenidad de los días, a ausencia de inquietudes, hé ahí todo lo que me esperaba ahora; la imágen de Hebe se mezclaba necesariamente en mis ensueños. Ella era la compañera que me había seguidoa través de los abismos de la pasión, pero, ¿Acaso esa pasión, no la había también destruido? …

Capítulo VIII

13/08/2006

Después de aquello, esa noche, no sé lo que pasó. Unos zumbidos intolerables desgarraban mis oídos. Me ahogaba. Finalmente lo olvidé todo: creí morir.

Cuando recobré el conocimiento me encontré en mi cama, con la cabeza ardiendo. Abrí los ojos azorado. Todos mis miembros temblaban. Una fiebre horrible sacudía todo mi cuerpo, desde la nuca hasta los talones.

Pero casi al propio tiempo que el conocimiento recobré la memoria y golpeándome la frente con los puños cerrados, exclamé:

- ¡Hebe!… ¡vete!… y rompí en furia.

Todo para mi había terminado.

Capítulo VII

09/08/2006

Hebe me pareció preocupada, hablaba con rapidez y de cosas superficiales, como si hubiera querido ahogar algún pensamiento demasiado serio. Yo me guardé de interrogarla, y aparenté no fijarme en su turbación. Sus caricias fueron vivas, las mías también, pero nuestro espíritu y nuestra voluntad no tomaban parte en ellas.

Llegó un momento en que los dos agotamos las palabras ociosas. Ella tenía la cabeza apoyada en mi brazo y achada hacia atrás, y yo, inclinado sobre su rostro la miraba con muda ansiedad. Su respiración ahogada ascendía a sus labios en amargos suspiros; sus párpados se bajaban ante mis miradas interrogativas; volvía los ojos y se ponía encarnada.

Le tomé una mano sin decir palabra. Ella la oprimió con una fuerza febril.

Me sentía pálido. Dejando caer repentinamente la cabeza sobre mi pecho, la estreché convulsivamente entre mis brazos.

Obscurecido por mil retiscencias confusas, el relato cruel se escapó al fin de su boca.

Me quedé aterrado. Estaba indignado contra Hebe por el valor que al fin había encontrado para pronunciar aquellas abominables palabras de despedida. Pero yo disimulé las angustias que me desgarraban el corazón y no dejé ver en el rostro más que las trazas de un dolor profundo.

Comprendí inmediatamente, por la emoción que me devastaba, que todo cuánto intentase sería inútil. A pesar de mi resistencia, sentía que una sorda protesta me subía a las entrañas con gritos de indignación.

Durante aquel tiempo, un poco más tranquilamente, pero siempre con una gran dulzura, se había apoyado sobre el codo, vuelta hacia mí, y discutía sola. Yo me puse a escucharla de nuevo, y pensaba entre mi: ¡Habla!… porque estoy resuelto a oirte todo. Nada en el mundo, hoy, puede hacerme más desgraciado de lo que ya soy.

Después, palideciendo, llena de ternura me dijo:

- ¿Volverá mañana?… ¿verdad?… a las siete y cuarto.

Yo la miré; estaba confusa y buscaba varias palabras para descifrar su pensamiento. Continuó, por fin, en voz baja, como si reprochase lo que iba a decir:

- ¿Me lo promete?

Ardía un fuego en mí, quería decirle a gritos que jamás volvería, que trataría de olvidarla y que me olvidase pero me desarmó con una sonrisa, con su aire candoroso, con su mirar…

De este modo, todos los golpes que yo le dirigía eran contestados vigorosamente en el acto.

Ella me miró fijamente, como si hubiera pensado en deshacer lo que con tanto ahinco hicimos, me miró largo tiempo, y calló.

Le entí la mano con un: hasta mañana, que para mí significaba un ¡Adiós!… mi vida…

Huir, lejos… tan lejos… que no la viera jamás.

Capítulo VI

05/08/2006

La adoraba con un amor tan furioso, que creo que me hubiera abandonado si yo no hubiera mostrado reserva al oirla contar las mil cosas pueriles que les concernían. Por ello, pues, yo fingía prestar siempre el mayor interés a aquellos relatos que ella me hacía con una abundancia extraordinaria de detalles, pero yo escuchaba más bien la música de sus palabras que el sentido que de ellas se desprendía.

Yo adoraba su voz dulce y melódica. Y, además, estaba celoso, un poco celoso de todo lo que ella amaba.

Capítulo V

01/08/2006

¡Yo era dichoso! ¡Como despreciaba a todos porque ella no los amaba! Miraba al mundo desde lejos y desde lo alto; desprendido de todo, me cernía sobre todo, indiferentemente, pero lleno de orgullo. Me parecían que convergían sobre mi todos los perfumes de la tierra y todas las sonrisas del cielo; en las noches galantes.

La imágen de Hebe llenaba toda mi memoria y se separaba de todos mis pensamientos. Era, a la vez, más irritante que un ensueño y más consoladora que la esperanza.

Jamás había sospechado yo tantas seducciones en una criatura humana, tanta delicadeza en un corazón, tanta gracia en la reserva, tanto pudor en el abandono.

Una mezcla de entusiasmo y de ensueño, de ilusiones y de desaliento de melancolía y de puerilidad, me habían bastado para obtener su amor.

Me parecía como la protesta sorda de un corazón que se resistía aún a la indiferencia, quizás al mismo tiempo que la deseaba como un reposo, y lanzaba sus más bellas llamas antes de contraerse sobre si mismo para dejar de latir.

Capítulo IV

28/07/2006

Cada vez que nos veíamos, teniamos un mundo de pensamientos nuevos que cambiar. Nos contábamos las fatigas de la espera, los enervamientos de la inquietud, las tristezas de la ausencia, las aspiraciones de la esperanza, y también cuán consolador es para los amantes separados el pensar contínuamente el uno en el otro.

Hebe, sobre todo, se abandonaba a esta unión espiritual con todo el ardor de un alma jóven. Recibía las confidencias de mi ternura como un vapor de incienso que la sumergía en una especie de dulce sopor.

Con arranques mudos de gratitud, las mejillas coloreadas, las ventanillas de la nariz palpitantes, los ojos risueños y húmedos, se maravillaba.

Yo, mientras tanto, con la rodilla en tierra y las manos juntas, sonreía de placer como a un niño a quién se incita, y me parecía entonces que eran nuestras almas las que se unían en un abrazo vago y dulce, con estremecimientos de voluptuosidad.

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