Capítulo III

24/07/2006

Pasado el primer momento de turbación, parecía que ya no era nada para ella el encontrarse a mi lado. Entonces, en el esplendor de su desorden, el cabello suelto, los labios fríos, más silenciosa, más seria, más absorta que yo mismo, se encontraba tan desembarazada como cuando estaba sentada en un gran sillón. Yo no se que se pueda hacer cosa alguna con aire más natural y más digno.

Nada la sorprendía, nada la chocaba.

Capítulo II

20/07/2006

Por las noches era cuando tenía la dicha de poder verla… de hablarla. Llegaba hasta la esquina de su casa y allí esperaba.

Pegado contra la puerta entreabierta, escuchaba el roce de su andar. Llegaba con las mejillas coloreadas por el frío, con recelo de ser vista, y, atemorizada, asustada como un pájaro, con la cabeza y el oído atentos, escuchaba, estremeciéndose, al menor ruído que se produjera en la casa o en la calle.

Hablando en voz baja, como para no ser oídos más que por nosotros, con palabras incoherentes, las manos prendidas, nos contemplábamos al principio desatinadamente, absortos en una emoción deliciosa y profunda que nos oprimía dulcemente el corazón y hacía asomar las lágrimas a nuestros ojos.

Nuestras efusiones eran infinitas como nuestro amor, como nuestra beatitud; pero nuestros pensamientos no eran ni iban más lejos que las discretas paredes que nos rodeaban. Para nosotros todo el mundo de encerraba allí.

La amé desde el primer momento de un modo irrazonable, y la amo aún igual. En cuanto a ella, me amaba como sabía amar, con una contención interior, con mesura. Su aspecto, tan agradable, tan natural, me imponía. Así es como las reinas y las emperatrices deben amar a sus favoritos. Por esto es por lo que empecé a sufrir y por lo que me veo aquí.

Como yo hubiera querido pasar a su lado todos los instantes de mi vida, buscaba todas las ocasiones de encontrarme cone ella. Y yo la seguía imprudentemente por todas partes. Leer el texto completo »

Si voluntariamente me he desterrado en esta espantosa soledad, es que, por desgracia mía, he amado y amo todavía. Pero no se crea que un terrible acontecimiento me haya separado de ella. ¡Ojalá fuese así!… ¡aún podría bendecirla!…

Comprendió que la amaba, y, tranquilamente, como una persona que se levanta para abrir una verja, ella misma, con sus bellas manos apartó todos los obstáculos.

¡Oh! ¡Sobre todo por ésto era por lo que yo la adoraba! ¡Y, además, era tan tierna y cariñosa! ¡Tan hermosa!… Leer el texto completo »

Oscar y Hebe

08/07/2006

No es esta historia de las que se escriben, sino de las que se cantan.

Restituid la vida, la viveza, la mirada, la juventud, la languidez, la llama, la palidez, el color, el pensamiento, la voz melodiosa y suave como los suspiros del alma enamorada, el acento, las sensaciones, la sonrisa, las lágrimas de esa otra y tendréis a Hebe.

Tiene la gracia, esa hermosa fisonomía del corazón que invita, que trae con fuerza, que obliga a amar porque ella ama; belleza suprema, infinitamente superior a la física que únicamente admira.

Todo aquello que pueda seducir y cautivar la imaginación del hombre presentóse ante mis ojos.

Desde que la vi, Hebe se convirtió en el objeto de mis sueños más ardientes y me figuré que no había de costarme gran trabajo hacerme amar de ella, y mi juventud daban tanto prestigio a mi gloria, que no podía ser rechazado por niguna mujer, a la cual por otro lado podía ilustrar mi amor.

Oscar

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