20/11/2008

Otra vez las 5 y media de la mañana, y yo sin poder dormir, sin querer dormir.

Y obviamente, con hambre, esta hora no está contemplada y el estómago exige. Así que rumbo a la cocina.

Limpiar el filtro. Poner café. Poner Agua. Enchufar la cafetera. Encenderla. Sacar la tostadora. Abrir heladera. Sacar paquete de pan. Abrirlo. Guardar el cosito de metal en la boca para no perderlo. ¿Dos o tres? Tres. Encender hornalla. Poner tres panes. Cerrar paquete de pan. Guardar en heladera. Rico olor. Dar vuelta los panes. En sentido del reloj. De un lado y del otro. Sacar plato. Poner papel de cocina. Sacar los panes. Me quemo una vez. Dos veces. La tercera no. Abro heladera de nuevo. Saco mantea y dulce. Saco cuchillo. Unto una, dos, tres veces. Mucho dulce, para la mañana. Me chupo el dedo con dulce. Tiro cuchillo a la bacha. Guardo manteca y dulce. Llevo plato a la mesa. Vuelvo. Sirvo café en la taza. Tres de azucar. Un chorrito de leche. Tiro el envase en el tacho. Saco cucharita. Revuelvo. Cucharita a la bacha. Llevo el café a la mesa.

Miro mis tostadas. Hay algo que está mal.

Tostadas para mi solo. Me hice tostadas para mi solo. Que triste.

Idas. Venidas. Ropa. Arreglos. HTML. Disputas. Regalos. Valijas. Dinero. La tarjeta. Cancún. El viaje. Hotel. Falta poco. ¿Qué hago?. Esperanza. Cambio. Ideas. Proyectos. Ganas. Elecciones. Chapines. Lanzamiento. Regreso. Dudas. El pecho. Los ojos. Si, podemos. Vos y yo. Tiempo. Sanar. Perdonar. Aprender. Recordar. Ayuda. Moverme. Planear. Hacer. La casa. Futuro.

Fue mio.

26/10/2008

Tuve todo el cielo para mi, entero.

Pude jugar con las nubes, pude nadar en el celeste infinito. Abracé cada rayo del sol.

Tuve todo el cielo para mi.

Hasta que olvidé que que era mío.

Y hoy lo miro desde abajo, rogando que una nube se abra, aunque sea un instante.

18/10/2008

Que extraño. Otra vez por acá. Estando tan lejos, vuelvo a este lugar que estuvo muy cerca.
¿Para qué escribo, para qué me tomo la molestia? Se de buena fe que nadie lo va a leer, se de buena fe que este espacio ya caducó.

Sin embargo, hace semanas que el recuerdo me trae acá. Mirando hacia adelante de manera forzada, descanso el recuerdo en esta dirección.

Yo sé por que vuelvo. Vuelvo porque tengo mucho que escribir y no puedo escribirlo. Y no puedo escribirlo porque ya no se que consecuencias traerá. Porque ya no se como llegarte, porque estoy perdido en semanas de nubes y niebla, con los ojos ciegos de lágrimas que salen, traicioneras, cuando menos me lo espero, dejándome de rodillas y con dolor de cuello.

Hace mucho que no paso por acá e ignoro que pasará ahora, que pasó tanto tiempo. Ahora que pasamos los dos y sigo sin entender que pasó. Nos pasó una situación por encima, nos pasó algo que nos dejó, a los dos, huérfanos del otro.

Que bueno que volví a este lugar. Ahora que vuelve a estar vacío y escondido, ahora que de nuevo vuelve a ser mío, me da la tranquilidad de estar de nuevo en casa. De esta casa que necesito para seguir volcando todo lo que no puedo decirte.

Ojos de tinta.

31/05/2007

En sus épocas más fructíferas, podía sentarse frente a la pantalla en blanco, y sin mediar previamente ninguna idea, era capaz de malograr cualquier tipo de amor, en veinte minutos o menos. Ahi sentado, imaginaba las ardorosas pasiones de cualquier par de enamorados, y no tardaba nada en encontrar los escollos que deberían atravesar. Si la ficticia pareja los resolvía o no, ya no le interesaba.

Primero los imaginaba, junto a quizás algún impedimento inicial, profundo. Sino, se deleitaba en describir lentamente, una a una, las características de su futura desgracia. Intentaba, en lo posible, anticiparse a cualquier movimiento imprevisto de sus personajes, a las salvedades que el amor puede, para evitar que escaparan de su destino de tinta.

Nunca se supo, por él ni por nadie, cuando comenzó la fobia, la manía o el miedo, como sea que el especialista lo llame. ¿Y si era verdad? ¿Y si llegado el día de su muerte, todos sus personajes aparecieran para reclamarle tanto amor malogrado, tanto sufrimiento? Se paralizó, y ya no pudo escribir más, aterrado por la posibilidad.

Se visualizaba ante el estrado, magistrales jurados, escuchando las acusaciones y los alegatos de todos aquellos a quiénes había provocado un dolor, evitado un amor, arrebatado un final con gloria. En todas las ocasiones que se prestaba a tales arrebatos de la imaginación, era hallado culpable y condenado a distintas penas, cuál más angustiante que la otra. Pero siempre se detenía en el mismo detalle… entre el público que asistía a su juicio imaginario, un par de ojos renegridos, hermosos y jóvenes, lo veían con compasión, hasta con cariño, esperando una absolución que nunca llegaba.

Desesperado, buscó la salvación escribiendo sobre esos ojos, sobre la mujer que los sostenía en un rostro pálido y dulce, y jamás pensó en buscarle pena alguna. Se le fue la vida regalándole momentos literarios maravillosos, fiestas engalanadas junto a personajes ilustres, felicidades mundanas y los honores más altos. Se desvivió por hacer feliz a ese personaje capaz de redimirlo. Cambió de alma para el mismo tiempo en que se descrubrió enamorado, de esa mujer, de esos ojos, y de lo feliz que lo hacía ese personaje.

Y murió, una tarde en la que daba lo mismo si hacía calor o si corría viento, esperando frenéticamente una corporización a base de detalles, que nunca se produjo. Murió esperando besar esos labios, que llegó a describir miles de veces, cada vez con mayor detalle. Ella lo acompañó hasta el último momento, inmaculada. Siempre bella y pálida, como cada vez que lo miraba desde el público, pensando que quizás este autor, su autor, no era el culpable, después de todo.

Luna de Octubre.

30/05/2007

La miró casi con ternura, casi con miedo. Tan delicada, exuberante de belleza, pero tan niña. No había cumplido los 21 y aún los signos de la pronta adultez no hacían marca en su piel. Todavía conservaba el cabello ondulado y muy negro, los pechos firmes en su lugar, el pubis nunca tocado y un olor a jazmines, del que nunca pudo identificar la fuente.

Se acomodó el sostén con mucha torpeza, apresurada en sus movimientos, todos los matices posibles en sus mejillas y la incertidumbre en su cara. Con todo el esfuerzo de su cuerpo, intentó pararse mientras ella dudaba si ayudarlo o subirse la parte superior del vestido, negro y brillante al mismo tiempo. Optó por bajar la mirada y hacer nada. Afuera aún se oian los cantos, la música y los fuegos artificiales.

- Chiquita tonta. ¿Cómo pensaste qué… ?
- No pensé. Tan solo estoy enamorada… – titubeó una palabra en sus labios, pero se arrepintió – no pensé.

El octogenario comprendía que dónde se miraba, en una situación como aquella, era casi tan importante como lo que se dijera. Así que fijando la vista en esas amplias pupilas marrones, la tomó de las manos.

- Sabes que me siento muy halagado, pero ya ves, hay una gran diferencia…

Mientras hablaba lo miraba fijo, pero de a poco al comienzo, y fugaz como un rayo después, los músculos de su mentón se tensaron casi hasta estallar. Le soltó las manos, salió disparada hacia la puerta, acomodándose el vestido lo mejor que supo. En el umbral, se detuvo, pero no se volteó.

- La única diferencia, es que aún me permito un lugar para la intriga. La única diferencia sigue siendo el amor.

Una lágrima dibujó gracias al delineador un camino sobre su rostro, y salió al patio donde una luna de Octubre dominaba cada esquina.

Momentos de amor.

29/05/2007

Como bien dice Louis Armstrong en una de sus canciones, todos, absolutamente todos lo hacemos: en algún punto, nos enamoramos. Pero amor para ser amor, para ser dulce y amargo, para sacar el sueño, no tiene que ser correspondido. O al menos no, en algún momento.

Sino, no tiene gracia. El amor fácil, correspondido de raiz, dulce y rosa desde el comienzo, no tiene gracia. Interesantes y desgarradores son las historias con vueltas, con idas y venidas, con arrebatos de roja pasión o verdes amarguras, amarillas de indigestión. Negras de locura y grises de desencanto. Esperanzas naranjas o esperas marrones, largas y anhelantes.

Por eso, no quiero escribir historias que terminen “bien”. Me gustan momentos de amor, que de no ser amor, serían cualquier otra cosa evitable, manejable y soportable, no provocarían la deshidratación del alma, ni vértigo en el corazón. Pero no. Son amor.

Había una vez un pececito que vivía solo en una pecera. No muy grande, no muy chica, como un tres ambientes en un edificio de torres, pero con agua y piedritas. Se sentía solo, porque vivía solo, acompañado por un muñeco inerte de Buzo que le daba miedo. Mucho. A la noche sobre todo, porque los pececitos como el de la historia, no cierran los ojos cuando duermen.

Dada la inseguridad que sentía, pensó en comprarse un perro, pero desistió de la idea. No consiguió ninguno que entrara en la pecera y que respirara bajo el agua. Esto bastó para que entrara en un estado depresivo y al poco tiempo estaba consumiendo pastillas efervescentes. Sabor limón.

¿Qué haría el pobre pececito? ¿Realmente temía al buzo? ¿Temía a la noche? ¿O era que realmente se sentía solo? Pensó que ya tenía 3 años, hacía mucho tiempo que había salido del huevito y era hora de tener novia. Se le iba la vida, aleteo a aleteo. Y su color ya no era el de la juventud.

Entonces hizo lo más lógico que un pececito en su situación podía hacer. Se conectó a internet y se compró una pececita en Amazon, a pagar en 6 cuotas. Seis cuotas estaban bien, porque le daban el tiempo necesario para conocerse mejor. El día que la pececita llegó, estaba muy nervioso, tanto que se hizo encima, como hacen los pececitos. Ese detalle lo salvó.

Vivieron pasiones ardorosas, correteando detrás de los óvulos como loco por toda la pecera, pero más que nada, viviendo aleta a aleta con su compañera. Consiguieron una pecera más grande, con purificador y vista a la tele, tuvieron mejores épocas, y de las no tan buenas, incluso llegó a confundir sus sentimientos cuando salió “Buscando a Nemo”, pero no pasó a mayores. Porque ya no estaba solo. La soledad es un problema terrible para los pececitos.

Estoy

02/05/2007

Enojado. Triste. Peleado. Cansado. Pasado. Sobrepasado. Pesado.
Pero estoy.

Tengo la panza llena. La agenda completa. La boca vacía. La mirada cansada.

Pero estoy.

Necesito hacer las paces.

Que frustración la de intentar escribir. No porque las palabras no salgan, sino por la carga de saberse tan atrás, tan tarde. Que desdicha la de escuchar tanto, la de leer más y no poder o no llegar, tan solo conformarse con abrazar una humildad no fingida, sino impuesta por otros.

De aquel texto que una vez brotó tanto orgullo, hoy no puedo decir más. Vergüenza, de no haber sido capaz de transformar en palabras ese sentimiento, aunque sea para alguien más. Odio y admiración para los grandes, para los que marcan camino al andar, y no quieren creer la sombra que dejan.

¿Y por qué lo intento, entonces? Porque aún así, tengo cosquillas en el alma y, de cuando en vez, me atraviesa una duda. Porque algunas veces muero en un pensamiento mudo. Porque amo al fruto de mi simiente. Porque estoy vivo y me duele una mujer. Porque el amor se acaba, y trato de ser honesto. Porque la pasión renace, y sé que he de hacerle el honor.

Porque solo nos queda seguir hacia adelante, y hacia adelante es que seguimos.

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