Luna de Octubre.
30/05/2007
La miró casi con ternura, casi con miedo. Tan delicada, exuberante de belleza, pero tan niña. No había cumplido los 21 y aún los signos de la pronta adultez no hacían marca en su piel. Todavía conservaba el cabello ondulado y muy negro, los pechos firmes en su lugar, el pubis nunca tocado y un olor a jazmines, del que nunca pudo identificar la fuente.
Se acomodó el sostén con mucha torpeza, apresurada en sus movimientos, todos los matices posibles en sus mejillas y la incertidumbre en su cara. Con todo el esfuerzo de su cuerpo, intentó pararse mientras ella dudaba si ayudarlo o subirse la parte superior del vestido, negro y brillante al mismo tiempo. Optó por bajar la mirada y hacer nada. Afuera aún se oian los cantos, la música y los fuegos artificiales.
- Chiquita tonta. ¿Cómo pensaste qué… ?
- No pensé. Tan solo estoy enamorada… – titubeó una palabra en sus labios, pero se arrepintió – no pensé.
El octogenario comprendía que dónde se miraba, en una situación como aquella, era casi tan importante como lo que se dijera. Así que fijando la vista en esas amplias pupilas marrones, la tomó de las manos.
- Sabes que me siento muy halagado, pero ya ves, hay una gran diferencia…
Mientras hablaba lo miraba fijo, pero de a poco al comienzo, y fugaz como un rayo después, los músculos de su mentón se tensaron casi hasta estallar. Le soltó las manos, salió disparada hacia la puerta, acomodándose el vestido lo mejor que supo. En el umbral, se detuvo, pero no se volteó.
- La única diferencia, es que aún me permito un lugar para la intriga. La única diferencia sigue siendo el amor.
Una lágrima dibujó gracias al delineador un camino sobre su rostro, y salió al patio donde una luna de Octubre dominaba cada esquina.
Momentos de amor.
29/05/2007
Como bien dice Louis Armstrong en una de sus canciones, todos, absolutamente todos lo hacemos: en algún punto, nos enamoramos. Pero amor para ser amor, para ser dulce y amargo, para sacar el sueño, no tiene que ser correspondido. O al menos no, en algún momento.
Sino, no tiene gracia. El amor fácil, correspondido de raiz, dulce y rosa desde el comienzo, no tiene gracia. Interesantes y desgarradores son las historias con vueltas, con idas y venidas, con arrebatos de roja pasión o verdes amarguras, amarillas de indigestión. Negras de locura y grises de desencanto. Esperanzas naranjas o esperas marrones, largas y anhelantes.
Por eso, no quiero escribir historias que terminen “bien”. Me gustan momentos de amor, que de no ser amor, serían cualquier otra cosa evitable, manejable y soportable, no provocarían la deshidratación del alma, ni vértigo en el corazón. Pero no. Son amor.
Historia de un Pececito.
28/05/2007
Había una vez un pececito que vivía solo en una pecera. No muy grande, no muy chica, como un tres ambientes en un edificio de torres, pero con agua y piedritas. Se sentía solo, porque vivía solo, acompañado por un muñeco inerte de Buzo que le daba miedo. Mucho. A la noche sobre todo, porque los pececitos como el de la historia, no cierran los ojos cuando duermen.
Dada la inseguridad que sentía, pensó en comprarse un perro, pero desistió de la idea. No consiguió ninguno que entrara en la pecera y que respirara bajo el agua. Esto bastó para que entrara en un estado depresivo y al poco tiempo estaba consumiendo pastillas efervescentes. Sabor limón.
¿Qué haría el pobre pececito? ¿Realmente temía al buzo? ¿Temía a la noche? ¿O era que realmente se sentía solo? Pensó que ya tenía 3 años, hacía mucho tiempo que había salido del huevito y era hora de tener novia. Se le iba la vida, aleteo a aleteo. Y su color ya no era el de la juventud.
Entonces hizo lo más lógico que un pececito en su situación podía hacer. Se conectó a internet y se compró una pececita en Amazon, a pagar en 6 cuotas. Seis cuotas estaban bien, porque le daban el tiempo necesario para conocerse mejor. El día que la pececita llegó, estaba muy nervioso, tanto que se hizo encima, como hacen los pececitos. Ese detalle lo salvó.
Vivieron pasiones ardorosas, correteando detrás de los óvulos como loco por toda la pecera, pero más que nada, viviendo aleta a aleta con su compañera. Consiguieron una pecera más grande, con purificador y vista a la tele, tuvieron mejores épocas, y de las no tan buenas, incluso llegó a confundir sus sentimientos cuando salió “Buscando a Nemo”, pero no pasó a mayores. Porque ya no estaba solo. La soledad es un problema terrible para los pececitos.
Mañanas en Buenos Aires.
23/05/2007
Esas mañanas de Buenos Aires.
Ocho menos cuarto de la mañana. El sueño impregnando cada rostro.
Piquetes en Panamericana ramal Pacheco. Caos vehicular para ingresar en capital.
Cuatro grados de sensación térmica. Muchos pulloveres y narices rojas.
Medidas de fuerza en el transporte público. Los subtes gratis, por unas horas.
Y una canción de Piojos y Piojitos en la radio.
Que lindo, Piojos y Piojitos.
Estoy
02/05/2007
Enojado. Triste. Peleado. Cansado. Pasado. Sobrepasado. Pesado.
Pero estoy.
Tengo la panza llena. La agenda completa. La boca vacía. La mirada cansada.
Pero estoy.
Necesito hacer las paces.
Juguemos
21/11/2006
Señorita, salgamos a jugar. Juguemos a que el mundo era maravilloso, que solo nos preocupábamos por las meriendas con licuado de banana. Hagamos que todo el mundo crea que somos amigos. Y juguemos. Cantemos mirándonos de frente a los ojos y desentonemos a propósito. Confundamos a la gente regalando sonrisas por la calle.
Dame la mano, y crucemos la calle gritando como locos. Tengamos sexo solo por lo divertido que es. Hagamos voces y corramos una carrera hasta la esquina (sin hacernos cosquillas). Miremos una peli de terror y lloremos de risa. Miremos una peli de amor y lloremos de gusto. Armemos murallas para entender lo divertido que es tirarlas.
Pintemos un mural manchándonos, juguemos a ser españoles. Mirame a los ojos, con cara de picardía. Hagamos de cuenta que no tenemos mayores preocupaciones. Mezclemos pasión y ley, y que todo dependa. Juguemos que no nos conocemos, y enamorémonos en minutos. Contemos gatos por la calle. Que ahora mancha seas vos.
Hagámonos compañía, y juguemos, siempre juguemos.
Con sabor.
12/10/2006
Nunca viví una etapa en mi vida, con tanto sabor a chocolate como esta. Y encima que me guste.
Hebe a Oscar – Poesía
02/09/2006
¿Me preguntas si te ofrezco mi vida?
De mi pecho palabras tales
jamás salir pudieron hasta ahora
porque mis labios a pronunciar no se atrevieron
y aprovecho la ocasión que ofrece
de hablar sin veros…
Pués bien:
si es ya llegado ese momento
¿qué cosas os diré?
todas aquellas
que ocurríseme puedan,
las más bellas,
ofreceros intento
como de flores apretado ramo
Yo os quiero…
¡Yo os amo!
No puedo más, deliro desfallezco
que entero me robaste el albedrío
tu nombre está en mi corazón
como en un cascabel…
y me enagena
y como de contínuo me estremezco
constantemente el cascabel se agita.
Constantemente tu nombre suena.
¡Oh sí! Este sentimiento
triste y reconcentrado
del amor más violento
tiene todo el furor desesperado
¡Y egoísta no es, yo te lo fío!
¡Oh, no, que por tu bien diera yo el mío,
aunque tú lo ignoras siempre, siempre!…
Si la felicidad que fruto fuera
de mi gran sacrificio , en tí sonriera,
y el eco de esa risa hasta mi oído
llegara un día, compensadas viera
las ansias todas que por tí he sentido.
Cada mirada tuya en mí suscita
una virtud ¿Tu amor no lo comprende?
¿Sientes mi alma en el aire cual palpita?
¿Adviertes en la sombre como asciende?
¡Cuán hermosa la noche!
¡Qué dulzura!
¡Cuál mi pasión se aviva!…
¡Es verdad, es verdad que ya es excesiva,
Oscar, mi ventura!…
¡Os hablo y me escucháis vos… vos mi dueño!
¿No es esto demasiado?
¿No es un sueño?
¡Jamás se elevó a tanto mi esperanza
que, tímida y modesta,
a gloria tal alcanza!…
¡Feliz de mí!
¡Morir sólo me resta! …
FIN
Capítulo XII
29/08/2006
Hebe, este momento es solemne, no se trata ya de inútiles consideraciones sobre el mundo y los celos pasados, se trata de vivir o de morir.
Ante Diós te ofrezco mi vida. ¿Quieres darme la tuya?
De una noche y un demasiado
27/08/2006
Que frustración la de intentar escribir. No porque las palabras no salgan, sino por la carga de saberse tan atrás, tan tarde. Que desdicha la de escuchar tanto, la de leer más y no poder o no llegar, tan solo conformarse con abrazar una humildad no fingida, sino impuesta por otros.
De aquel texto que una vez brotó tanto orgullo, hoy no puedo decir más. Vergüenza, de no haber sido capaz de transformar en palabras ese sentimiento, aunque sea para alguien más. Odio y admiración para los grandes, para los que marcan camino al andar, y no quieren creer la sombra que dejan.
¿Y por qué lo intento, entonces? Porque aún así, tengo cosquillas en el alma y, de cuando en vez, me atraviesa una duda. Porque algunas veces muero en un pensamiento mudo. Porque amo al fruto de mi simiente. Porque estoy vivo y me duele una mujer. Porque el amor se acaba, y trato de ser honesto. Porque la pasión renace, y sé que he de hacerle el honor.
Porque solo nos queda seguir hacia adelante, y hacia adelante es que seguimos.
